Durante 30 años el fotógrafo Bill Cunningham ha conquistado las páginas del New York Times con imágenes que ha capturado de la moda que camina desprevenida por las calles de la Gran Manzana. Siempre lleva una desteñida chaqueta azul que usa no importa la ocasión, ni los códigos de vestido y ha recorrido la ciudad de New York cientos de veces durante los 30 años que ha trabajado para el periódico The New York Times en una bicicleta Scwinn.
Bill Cunngham es un fotógrafo de moda. Uno de los primeros en advertir que el verdadero show no estaba en las pasarelas, ni en las estrellas de cine “siempre alardeando de sus vestidos regalados”, sino palpitando anónima e incautamente en las calles.
Aguardar con paciencia, con las cobijas literalmente mudadas a las aceras, mordisqueando la frenética Gran manzana en su bicicleta hasta por tres días seguidos sólo para conseguir esa mujer perfecta, esa que inspiraría la secuencia de todos su columna de la semana, es una actitud que ha hecho que muchos grandes editores de medios norteamericanos hayan tentado a Bill Cunningham a dejar su persecución de vestidos y convertirse más bien en un celebrado fotógrafo de asuntos más serios, de la política o la guerra.
Pero el hombre que en medio de un paseo por Park Avenue suele dejar hablando sólo a sus acompañantes para salir corriendo y lograr ponerse en frente de esa chica, ese travesti, o ese jovencito que desde lejos ha visto co una manera particular de llevar la ropa, con un singular color en los zapatos, h decidido no abandonar la moda.
Lo que él con tanta pasión y humildad ha cocinado es un registro de la cotidianidad de la moda, de esa vida privada de pantalones y gabardinas que salieron a la calle anhelando que un ojo curioso registrara su existencia, su declaración estética. “Más que nadie más en la ciudad, él posee toda la historia visual de los últimos 40 años de Nueva York. Es el registro del alcance de la moda en esta ciudad”, dice el diseñador Oscar de la Renta en uno de los artículos que el diario The New York Times le ha dedicado a su fiel empleado.
Lo que sorprende y este es quizás el mayor valor del documental es ver que alguien que ostenta tanto poder en el complicado mundo de la moda sea así un subversivo del estilo, un marginal del lujo, que lo ve, lo entiende, lo desentraña, y hace que el mundo se arrodille sin que él siquiera lo anhele.