Desde hace diez años, una caravana de “rebeldes” transforman bicicletas normales en réplicas ecológicas de la motos clásicas. Salen en ellas con el sol del medio día dominical destella sobre el acero de sus “naves” y les saca brillo a las pinceladas del aerógrafo y a los lujos metálicos con los que la tienen perfectamente “engalladas”.

Son la Tribu Biciharlista, un grupo de 15 hombres y mujeres entre los 20 y 50 años que han convertido sus bicicletas en réplicas ecológicas de las clásicas motos Harley Davidson.

David Cavana, mejor conocido como “el Cacique” por ser uno de los fundadores de la tribu, empezó esta aventura en su barrio, hacia finales de los años 90. En esa época eran él y dos amigos suyos convencidos de crear una nueva cultura urbana.

La “loca idea”, como la llaman ahora sus exponentes, apuntaba a identificarse con el único medio de transporte del que eran amos y señores: bicicletas normales modificadas según su personalidad y estilo.

“El movimiento no surgió parmoto, sino como un arte, como un estilo llevado en ruedas a la calle”, aseguró Jaime Hernández, actual coordinador del grupo, quien, además se encarga de organizar encuentros en ciclovías y vías importantes de la ciudad, así como de preparar viajes por carretera a pueblos cercanos los fines de semana.

Por eso, ninguna bicicleta se parece a las demás y cada dueño tiene su propio “apodo”. Incluso hay una hecha de pura guadua, y que pertenece a un hombre al que, paradójicamente, llaman “Gorgojo”.

Otro de los miembros, bautizado como “Taxi” por el color de su biciharley, conoció a Miriam, el amor de su vida, en uno de esos paseos. Con sus 60 kilos, Miriam es capaz de manejar un bicicleta estilo bobber, que pesa mucho más que ella. “Nunca he perdido mi feminidad”, confiesa como quite a la rudeza que puedan aparentar a simple vista los detalles de sus vehículos y sus vestimentas de jean y cuero.

Según las modificaciones y los accesorios, estos “locos” pueden invertir entre ochoscientos mil y tres millones de pesos, unos US$1.500. en sus vehículos. Eso sí, nada de gastos de cilindraje ni de motores: “la idea es ayudar al ambiente a punta de pedal”. Así, tal cual lo canta su himno oficial: “una cultura lograré con el impulso de mis pies…soy biciharlista”.

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